Erase una vez dos señoras (la Rubi & la More), porque es lo que somos con esta edad, estos pelos y los achaques que venimos arrastrando (poleas, torticulis, lumbago...); que decidieron escalar una vía en un lugar llamado Peña Rueba.
El paisaje les dejó sobrecogidas ya que, a medida que iban cogiendo altura, los preciosos Mallos de Riglos aparecían ante sus ojos y los Mallos de Agüero, un poco menos famosos pero también increíbles, quedando a sus espaldas. Escogieron este reto de vía para hacer honor a “Make”, pareja del montañero, ochomilista, escalador y aperturista de la vía y, como no!!!, escalar el imponente techo de 9/10 m que cortado como a cuchillo hace que tus ojos desvíen la mirada.
Sabían que la vía era dura, muy dura para sus limites ya que una vez sorteado el techo, deberían escalar una serie de panzas que pondrían a prueba toda su paciencia y tenacidad. Poco a poco escalaron los dos primeros largos de artificial con su techito incluido. Los nervios se hacían palpables, ya que la More movía frenéticamente las piernas al más estilo Elvis y la Rubi los dientes (ésta no por los nervios, sino por el terrible frío).
Aunque trampearon más que escalaron, ya que muchos espreses eran agarrados con ansias (lo que viene siendo “acerar”) lograron acceder a la cima. No hubo choque de manos, no hubo risas, ni tampoco llantos, no hubo abrazos, más bien corre corre que se nos echa la luna y tenemos que rapelar por la pared.
Que bueno poder contar este mini cuento desde la distancia, recordando y saboreando cada foto, cada instante. Esto es lo que nos da la escalada: VIDA.